La Nobel Doris Les sing
Unos definen a Doris Lessing como salvaje, rebelde y coqueta. Otros, como una mujer hermosa: físicamente, de joven, hermosa ahora, de sabia comprensión de la vida.
Doris Lessing acaba de ganar el Nobel de Literatura, inesperadamente, dice El Universal, a diferencia de lo ocurrido en el 2006, cuando el turco Orhan Pamuk era el principal favorito, y lo ganó.
Esta vez, según los entendidos, los favoritos eran otros: Claudio Magris, Ko Un, Philip Roth, Don Delillo, Adonis, Amos Oz, Mario Vargas Llosa, Margaret Atwood, Antonio Lobo Antunes, Bob Dylan…
Es que Doris Lessing había sido tantas veces candidata, como Jorge Luis Borges, que este año ya no lo era. O nadie se acordaba que ella seguía siéndolo.
Quizás por esto el nombre de Doris Lessing encontró a las librerías desaprovisionadas. De ella no hay ejemplares, ni siquiera de su última novela, La hendidura.
De Doris Lessing encontré que comenzó a publicar muy temprano, y que en el 2001 ganó el Premio Príncipe de Asturias.
También me enteré que su obra gira en torno a la mujer, sus valores, su presencia en la historia y en los países, su relación con el hombre y sus aspiraciones. Sin embargo, ha dicho:
“El feminismo de los años sesenta nunca me ha gustado, ni antes ni ahora, porque intentaba conseguir cosas muy elitistas”.
También ha dicho:
“Los niños responden a lo que esperamos de ellos. Si les enseñamos que los niños son los que hacen las guerras y las niñas las que estudian más vamos a conseguir eso mismo. Lo que no me gusta es esa cultura de envilecer a los hombres, de denigrarlos continuamente”.
De igual manera: “No hay ninguna evidencia para pensar que las mujeres sean más bondadosas o más amantes de la paz”.
En la obra de Doris Lessing también esa metáfora de la mujer terrestre o aterrizada, y el hombre soñador o viajero, que encontramos en Úrsula Iguarán y Aureliano Buendía.
Para la británica, el asunto es comprender la mutua dependencia de los géneros.
Las mujeres, poco a poco, están descubriendo que no pueden ser madres por sí mismas, y los hombres, que sus sueños y sus viajes no pueden seguir siendo una forma de escapar a las responsabilidades que entraña la paternidad.
Doris Lessing ha dicho:
“Lo único que liberó a las mujeres fue la ciencia. Yo no creo que la generación de chicas jóvenes tenga la menor idea de todo lo que el lavarropas hizo por ellas. Y como la aspiradora las salvó de la esclavitud del polvo. Lo más importante de todo fue la pastilla anticonceptiva, que por primera vez puso el destino de las mujeres en sus propias manos. Para mi generación, lo más sorprendente es cómo no entienden lo afortunadas que son, cómo no recuerdan que, hasta hace relativamente poco, cualquiera debía suponer que iba a estar continuamente embarazada hasta la menopausia. !Esta es una generación muy ignorante en términos históricos!”.
Encontré, también, una entrevista de hace un par de años que le hizo la argentina Juana Libedinsky, de la cual edito las siguientes partes:
¿Ahora usted es antifeminista?
–No es que sea antifeminista. Es que creo que las feministas tienen los objetivos equivocados. La revolución sexual de la década del 60 está muy bien. ¡Pero pienso que las mujeres también podrían haber luchado por el mismo pago cuando cumplen el mismo trabajo que los hombres, por buenas guarderías y demás! Aun en la época victoriana, las mujeres salían a marchar y conseguían cosas concretas, como cambiar las leyes sobre la propiedad en el matrimonio. Hoy nadie hace algo así. El feminismo de los años 60 se disolvió en cháchara inútil.
¿Esperaba que El cuaderno dorado se convirtiese en la Biblia del feminismo?
–Por supuesto que no. Yo escribí esa novela en un momento en que era muy evidente que el comunismo se caía a pedazos y me daba lástima que nunca se hubiese hecho una buena narración sobre la batalla del laborismo en el siglo XIX. Creo que la novela es un relato bastante ajustado a la realidad de lo que pasaba entonces. Y la gente se olvida de que uno de los grandes debates de la época era el estatus de la mujer. Y punto.
¿Qué le gusta ver en el cine?
–Me gustan los westerns. Puedo ver infinidad de veces “La legión invencible”, donde los duelos están muy bien. “El bueno, el malo y el feo” es un gran film y “Había una vez en el oeste” es una película terrible, pero a la vez brillante. Creo que los westerns son la gran contribución norteamericana a la cultura de la humanidad, aunque ellos no lo sientan así.
¿Cómo fue su educación en África?
–Yo no tuve una educación formal. Dejé el colegio de monjas a los 14 años. ¿Escuchó hablar del término autodidacta? Bueno, se acuñó para mí. Como para tantas mujeres, claro. Yo tuve la suerte de tener una madre que encargaba por correo los libros más maravillosos de Inglaterra para que nos los enviasen a pleno monte en medio de Africa. Dickens y Stevenson y Scott hicieron toda la diferencia en mi vida. Después, empecé a tener mis propios libros. Pero como estaba leyendo todo el tiempo, no tenía tiempo de tener un favorito.
¿Y cuándo empezó a escribir?
–Siempre escribí, desde muy chica. Publiqué mi primer trabajo a los siete años. No creo que en nuestra cultura sea infrecuente que los chicos escriban. Creo que lo único raro en mi caso es que aún hoy lo hago todos los días. Idealmente cada mañana, aunque siempre hay problemas que solucionar de la vida cotidiana y ya no tengo tanta energía como antes.
¿De dónde saca la inspiración?
–En general no tengo inspiración. La historia de “Las abuelas”, por ejemplo, me la contó alguien que pensó que yo estaría interesada, y así me sucede frecuentemente. Es que uno está escuchando historias todo el tiempo y el chisme siempre fue una gran fuente para los escritores. No los chimes de los famosos, al estilo de la revista Hola, porque allí los que publican son demasiado comunes, uno no leería de tal y cual actriz que se acuesta con el hijo de su amiga que a la vez se acuesta con su hijo, como en mi cuento. Pero sí uso chismes del tipo de los que circulan entre amigos. Y los diarios, claro, siempre son una fuente importante.
En este momento está trabajando en el prefacio a una nueva edición de El amante de Lady Chatterly. ¿Qué novedades nos va a dar sobre el clásico?
–Que D. H. Lawrence obviamente no entendía nada sobre el sexo. Sus párrafos al respecto son como los sueños de un niño, en realidad. Los de tu generación no se dan cuenta de lo ignorante que la gente era respecto al sexo hasta hace muy poco. Existían manuales del estilo de “Cómo ser feliz en el matrimonio”, pero aun en ellos el clítoris es rara vez mencionado. D. H. Lawrence odiaba el clítoris como si fuera su enemigo personal y la idea de que el sexo pudiese ser espontáneo, inspirador y un acto divino le parecía repugnante. Por eso El amante de Lady Chatterly es una historia tristísima. Pero, claro, su mujer lo estaba engañando con un italiano y él se estaba muriendo de tuberculosis. Sólo se puede entender la novela si se conocen estos datos de los últimos años de su vida y muchos críticos no les han prestado la debida atención.
¿Qué tiene que ver la enfermedad?
Ellas siempre ganan
Proceedings es la revista estadounidense de la Academia Nacional de las Ciencias, que suele sorprendernos con información de última hora.
Allí se publicaron, antes que en ninguna otra parte, artículos tan interesantes como el de la medicina que puede contrarrestar en el ser humano la enfermedad de las vacas locas, la presencia de microbios en el subsuelo marítimo que induciría pensar en una vida extraterrestre, el control de ciertos cambios corporales mediante la meditación, o el engorde de niños que realizaban los incas y su posterior embriaguez con fermento de maíz y dopaje con hojas de coca antes de sacrificarlos.
Ahora nos entrega un artículo en el cual se afirma que, básicamente, las hembras del Reino Animal, incluidas las mujeres, son las que escogen al macho, y no en función de su hermosa apariencia de compañero Adonis, sino de sus características de Idóneo para mantener la especie. Los hombres, en cambio, siempre menos avisados, nos inclinamos, en general, por escoger a las mujeres atractivas. Y esta afirmación es científica, aunque nos propongamos decir tonterías como “prefiero una mujer inteligente”, o “me interesan más sus valores humanos que su belleza”.
Mentira, según el estudio científico.
La verdad es que los hombres decimos esas cosas, que suenan bien, pero hacemos otras.
Sí, definitiva y científicamente hablando.
El experimento se llama Speed-Dating, que “es una forma rápida de conocerse, en la que mujeres y hombres tienen la oportunidad de conversar en una mesa por pocos minutos en una cita organizada. Si se caen bien, pueden volver a verse, si no no”.
¿Y cuál fue el resultado?
–”En el caso de los hombres, si bien antes de la cita dijeron buscar parejas que estuvieran a su nivel físicamente, en estatus social y formación, en el Speed-Dating eligieron simplemente a las más bellas, y quisieron volver a ver al 50 por ciento de las candidatas”.
En el caso de las mujeres fue distinto:
–”Las mujeres sólo quisieron volver a ver a uno de cada tres hombres, y se habían hecho una idea general de su candidato en pocos minutos, incluso su capacidad como futuro padre”.
O sea, ¿tontas?…, ¿solamente sentimentales?… ¡Nada de eso!
Ellas siempre ganan.







